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Este camino para que cese el sufrimiento es lo que llamamos Budismo. Todas las prácticas del budismo tienen un sólo objetivo, liberar del sufrimiento. Existen tres formas generales de Budismo:
No hay ningún conflicto entre estas tres formas de entender el Budismo, de hecho, el Vajrayana contiene en él al Mahayana y éste a su vez contiene al Theravadha. Dicho de otra manera, externamente se practica el código de conducta a la manera del Arhat (Hinayana), internamente (emociones) se practica a la manera del Bidhisattva (Mahayana), y a nivel secreto (observando la naturaleza de la mente) se practica el camino Vajrayana. Estas diferencias se deben a que Buda dió distintos tipos de enseñanzas dependiendo de la capacidad de entendimiento y las características de las personas que le escuchaban, pero todas forman parte del mismo camino.. LA SANGHA Se encarga de mantener vivo el Dharma. Buda estableció una comunidad monástica para que sus enseñanzas se mantuvieran vivas y puras. Esta comunidad de practicantes es la Sangha, especificamente son la comunidad monástica y los maestros, que laicos o célibes dedican su vida a la práctica del Dharma. Ellos son los encargados de mantener viva la enseñanza de Buda con su propia comprensión y a traves de las distintas escuelas y linajes. En la actualidad y en un sentido general Sangha se refiere también a los pacticantes budistas.
EL BUDISMO TIBETANO En el Budismo tibetano existen cuatro grandes linajes principales y muchos otros menores. El linaje es muy importante en el budismo tibetano, ya que garantiza que las enseñanzas están vivas, es decir, que se han transmitido de maestro a discípulo desde tiempos de Buda y que siempre se ha hecho de forma pura, realizando completamente su comprensión. Frecuentemente los términos Vajrayana o Budismo Tántrico se aplican como sinónimos del budismo tibetano, pero se debe precisar que los tibetanos y mongoles son budistas practicantes de la regla Mahayana, de los que muchos, aunque no todos, practican el Vajrayana. Tantra significa "transformación", sus prácticas tienen como objetivo utilizar todo nuestro potencial para llegar a la iluminación, pero esta tarea requiere de una comprensión profunda de las escuelas Teravadha y Mahayana, de una cierta práctica en la meditación, y de una preparación específica:
1. La preciosa existencia humana. Nuestra existencia es difícil de conseguir y fácil de perder. Deberíamos utilizarla de la mejor manera posible, desarrollando al máximo nuestro potencial para despertar nuestra naturaleza de Buda. 2. La impermanencia y la muerte. Todo cambia, nada permanece, nuestra vida es frágil como una burbuja y el momento de la muerte es incierto, no debemos perder el tiempo apegándonos a lo que sin duda perderemos, ya que nuestro tiempo de vida es incierto. 3. El Karma y sus consecuencias. Una acción virtuosa es causa de felicidad, una acción no virtuosa es causa de sufrimiento, debemos actuar de la forma mas beneficiosa posible para nosotros y los demás, y abandonar totalmente las acciones negativas por pequeñas que nos parezcan. 4. El sufrimiento de la existencia. La esencia de nuestra existencia es el sufrimiento, sufrimos al nacer, al envejecer, al enfermar y al morir. Los que carecen de algo sufren por conseguirlo, los que tienen un poco sufren porque quieren más, los que tienen suficiente sufren para conservarlo, y al final todos perdemos lo que tenemos. Es por eso que debemos intentar trascender esta existencia. Al llegar a una comprensión profunda y sincera de estos cuatro temas se está preparado para iniciar Los Cuatro preliminares extraordinarios o "las cuatro Grandes Tareas", consisten en cuatro prácticas que hay que repetir un número determinado de veces. La práctica de tomar refugio y generar el deseo de liberarse en beneficio de todos los seres (Bodhichitta), una práctica de purificación (Dorje Sempa), una práctica de acumulación de mérito (Ofrendas del Mandala), y una práctica de devoción al guru (Guru Yoga). Estos preliminares pueden tardar varios años en completarse, y siempre deben de hacerse supervisados por un maestro o alguien con comprensión del tema y que ya los haya realizado. Acabados los preliminares se inician las prácticas de la meditación Mahamudra o de los Tantras (plegarias y visualizaciones) usando de base a una deidad. Las deidades tibetanas no son seres que viven en los reinos de los dioses, las deidades del budismo tibetano son aspectos de la mente, simbolizan la compasión, la sabiduría, el poder de la acción y los demás aspectos de la mente, hay una gran cantidad de deidades, algunas pacíficas, otras airadas, pero todas son aspectos de la naturaleza de Buda. Al realizarlas, el practicante Vajrayana desarrolla esa cualidad concreta, hasta el punto de llegar a su máxima comprensión y encontrar allí la verdadera naturaleza de su mente. En el nivel más elevado está la práctica de la meditación Mahamudra o del Dzogchen (dependiendo de la escuela), consideradas las enseñanzas mas sutiles y profundas del budismo.
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Hay que precisar que para practicar el budismo Mahayana y el Vajrayana es imprescindible tener un maestro cualificado, es importante que pertenezca a un linaje puro y que tenga auténticas cualidades como la compasión, que no dé importancia al éxito o al fracaso, al beneficio o a la pérdida, a las alabanzas o las críticas, al placer o al dolor, es decir que sea ecuánime, que tenga paciencia y que sea incansable en el trato con sus discípulos y en difundir el Dharma. Tradicionalmente en Tíbet antes de llegar a una verdadera relación maestro-discípulo se esperaba un periodo de 9 años en el que el discípulo observaba las cualidades del maestro durante 3 años, el maestro las capacidades del discípulo otros 3, y se observaban mútuamente los últimos 3 años. Sólo entonces surgía el verdadero compromiso entre ambos. En el Tibet se dice "No examinar al Maestro es como beber veneno. No examinar al discípulo es como saltar a un precipicio" |
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En resumen, el principal objetivo del budismo es llevar a la liberación a todos los seres sin exepción, en este sentido Buda dió una enseñanza excepcional, enseñó que todos los seres, incluído el insecto más pequeño, tienen un potencial ilimitado, la naturaleza de Buda, que les puede llevar a la iluminación absoluta. ¡¡¡ QUE TODOS LOS SERES SEAN FELICES!!! |
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Ivan Vandor, compositor y etnomusicólogo italiano de origen húngaro, escribió numerosos estudios acerca de la música tibetana. El artículo que se reproduce se basa en un trabajo titulado "Rolmo: la tradición musical búdica del Tibet", que sería editado por el "Instituto Internacional de Estudios Comparados de la Música" (Berlin-Venecia). Publicado en "El Correo de la UNESCO" (junio, 1973).
¿Qué son esos sonidos de insólita riqueza y
profundidad? ¿Qué son esas voces guturales, de un aliento que se diría
sobrehumano puesto que sin pausa alguna pasan de un recitativo noble a una línea
melódica que incluye en si misma una armonía?
¿Qué son esos instrumentos de viento de enorme potencia, que interrumpen y
continúan un canto de inigualada nobleza y que conducen al oyente a
insospechados horizontes musicales, mientras los instrumentos de percusión
rompen y sostienen a trechos esa frase interminable? ¿Qué es ese conjunto
orquestal, desconcertante en el sentido etimológico del término, en el cual aun
el profano advierte una disciplina y un rigor tan severos que nada se deja al
azar?
Es la secular música de los budistas del Tibet, esa región de China a la que
suele llamarse "el techo del mundo" y donde se desarrolló una de las
civilizaciones más asombrosas de la humanidad. En los macizos montañosos más
altos del planeta, cuya altitud nunca es menor de 3.000 metros y que alcanzan
cumbres de más de 7.000, la única zona relativamente hospitalaria se encuentra
entre el Himalaya y las cimas del Transhimalaya, en una planicie cuya altitud
media es de 4.000 metros. Estos datos geográficos pueden ser útiles para
apreciar algunos aspectos de la cultura tibetana. Antes de la modernización de
la región y de la construcción de carreteras emprendida por los chinos entre
1950 y 1960, desde Lhassa, la ciudad más importante del Tibet, se tardaba en
caravana varios meses, incluso un año, en llegar a Pekín, pese a lo cual "el
techo del mundo" se enriqueció durante muchos siglos con el aporte de otras
civilizaciones.
Aunque la población del Tibet es heterogénea desde el punto de vista étnico,
considerada en su conjunto es típicamente mongola. La región ha estado en
contacto, por el oeste, con India, Irán e incluso Grecia; por el norte, con las
poblaciones turco-mongolas; por el este, con la civilización china de los Han; y
por el sur, el norte y el este, con poblaciones en las que la tradición búdica
se había implantado ya, es decir Nepal, Khotan y Yunnan.
El budismo, que llegó al Tibet durante los siglos VII y VIII de nuestra era,
proveniente del norte de la India, estaba ya impregnado de tantrismo (del
sánscrito tantra que originalmente significó trama de un tejido y,
posteriormente, doctrina o norma). En el Tibet, el budismo reemplazó
gradualmente a la
antigua religión local llamada Pon que,
con diversas formas, se había difundido ampliamente en el Asia central, desde
los confines orientales del Irán hasta China. Esa religión
tenía algunas similitudes con el tantrismo, hasta el
punto de que el Pon, el tantrismo y el budismo se mezclaron formando una
antigua religión tibetana llamada "religión de los hombres", en oposición a la
"religión de los dioses", lo que dio al budismo tibetano un
carácter original.
Ese budismo tántrico, que se extendió a través de los Himalayas a los países
limítrofes del Tíbet -Nepal, Bután, Sikkim, Kaddak, además de ciertas regiones
de Bengala occidental y de la India- iba a crear una de las formas musicales más
originales que hayan existido en el mundo.
Los orígenes y la historia de la música búdica tibetana no han sido estudiados a
fondo todavía [1975]. El presente articulo se basa en datos recogidos durante
una encuesta de ocho meses realizada en Nepal.
Se trata de una música extremadamente sutil y compleja, indisociable de las
tradiciones antiguas de cuyo significado está impregnada. Además, en lo esencial
se halla destinada a la vida espiritual. Ya sea vocal o instrumental, requiere
no solamente un conocimiento perfecto de los textos transmitidos por tradición
oral sino además un alto nivel de virtuosismo en la interpretación íntimamente
ligada a la religión, la música desempeña un papel importante en la vida de la
comunidad monástica. Los monasterios tibetanos son verdaderos conservatorios en
el sentido occidental del término, es decir escuelas de música que dispensan a
los monjes una formación musical de alto nivel, organizan conjuntos vocales y
orquestales y mantienen una estética y unos medios de expresión particulares
cuidadosamente codificados.
Los instrumentos, tanto de viento como de percusión, son de origen local y
extranjero.
Algunos de ellos, como la caracola o dung kar, trompeta fabricada con la
concha de un gran caracol
blanco que se pesca en la costa oriental del Hindostán,
son originarios de la India. Dicho instrumento es el que, según el libro sagrado
Bhagavad Gita, emite "ese ruido formidable que sacude el cielo y la
tierra", y exige de quien lo toca un oído sumamente fino y pulmones poderosos.
De origen indio son también la campanilla y el tambor en forma de clepsidra, el
damaru del dios Siva.
Otros instrumentos parecen ser de origen tibetano: la trompeta fabricada con una
tibia humana o kang ling, y el cho dar, tambor formado por dos
cráneos humanos y con bolas batientes. La influencia del Irán, ya sea directa o
a través de la India, está presente en una especie de oboe, y la influencia
china en los címbalos.
Es difícil señalar el origen de otros instrumentos, pero lo probable es que la
música búdica tibetana, como el propio budismo del Tíbet tomara elementos de
diversa procedencia al mismo tiempo que conservaba algunas características
antiguas propias de la civilización local.
En una tradición musical tan impregnada de religión como la tibetana no siempre
es fácil definir con precisión lo que se entiende por música religiosa.
Elementos religiosos importantes y aun esenciales se encuentran, por ejemplo, en
la gran epopeya nacional tibetana de Gesar de Ling (llamada "La Iliada
del Asia Central"), así como en el teatro secular de Lhamo, e incluso gran
cantidad de cantos populares recuerdan temas inspirados directamente por la
religión.
Entendemos por música religiosa la que se designa con el término tibetano de
Rolmo, es decir la música vocal o instrumental que acompaña la celebración
de diversos ritos. Ejecutada exclusivamente por los monjes, como se ha indicado
ya, se distingue de otras formas musicales tradicionales del Tibet por su
técnica vocal, por la composición de la orquesta, por las leyes que la rigen y
por su simbolismo.
Esa música se ejecuta dentro y fuera de los monasterios. En las lamaserías
acompaña las ceremonias religiosas, particularmente en las salas reservadas a la
oración y, a veces, algunos ritos que se celebran en el patio. Se la ejecuta
como señal para que los lamas den comienzo a su meditación en sus respectivas
celdas o para efectuar ofrendas a ciertas divinidades. En este último caso, se
la toca en el techo del monasterio para que pueda ser escuchada a distancia.
Fuera del monasterio, se la interpreta en los hogares privados con ocasión de
nacimientos, matrimonios, fallecimientos u otros sucesos, o cuando alguien
quiere hacer "méritos" para alcanzar una reencarnación mejor.
También se la toca en las procesiones, para recibir visitas de importancia o,
simplemente, para estudiar los instrumentos cuyo sonido, generalmente muy
fuerte, podría molestar a otros monjes que oran o estudian en el monasterio.
Igualmente se interpreta esa música fuera del monasterio o en el patio del mismo
para acompañar las danzas religiosas de máscaras, o cham, ejecutadas
exclusivamente por los monjes y que representan, con episodios humorísticos, el
triunfo del budismo sobre la religión tibetana precedente.
En todo caso la orquesta sólo
comprende instrumentos de viento y de percusión, además de la caracola y de la
trompeta de hueso ya indicadas, existen trompetas de cobre o de plata, trompas
de hasta cuatro metros de largo, del mismo metal, y una especie de oboe tibetano
de forma cónica.
Los instrumentos de percusión consisten en dos
pares de címbalos, uno de los cuales lleva el mismo nombre de la música de que
estamos tratando, rolmo; dos gongs, uno de ellos más fino y pequeño; un
gran tambor de cerco, cuyo diámetro puede alcanzar la altura de un hombre y que
se toca con una maza; un tambor vertical, más pequeño, que se toca con un
palillo en forma de hoz; los dos tambores señalados anteriormente -el cho dar
tibetano y el damaru de la India-; una campanilla y dos discos de metal,
llamados ting sha, sujetos por una cuerda.
En los grandes monasterios se emplean a veces, además de estos instrumentos
corrientes, una trompa de proporciones gigantescas, que amplifica el sonido de
manera impresionante, y cuyas diversas secciones se enchufan una dentro de otra,
diversos tipos de trompas, asimismo gigantes, una flauta horizontal, gongs y una
enorme campana.
Todo es simbólico en esta música, así los instrumentos como los sonidos que
emiten. En ciertas tradiciones monásticas, por ejemplo, el sonido de las trompas
simboliza la voz de un grupo de divinidades agresivas, mientras que el de los
oboes corresponde a la voz de las divinidades pacificas.
En el Libro de los Muertos del Tíbet, el "Bardo Thodol", se establece una
relación entre el sonido de los instrumentos y los sonidos interiores que sólo
pueden escuchar algunos lamas que han desarrollado en alto grado la práctica de
la meditación. Se trata de un ejercicio espiritual según el cual el conocimiento
no es únicamente visión sino percepción auditiva. La campanilla simboliza al
mismo tiempo la Sabiduría (o Conocimiento) y el poder sagrado de la palabra. La
forma de la campanilla, vista perpendicularmente de arriba abajo, recuerda la de
un mandala, o sea la figura geométrica que representa el mundo.
Por su parte, la orquestación misma de la música tibetana está determinada por
la relación que existe entre cada instrumento y las divinidades. A las
divinidades pacíficas corresponden los oboes, la caracola y un par de címbalos.
A las combativas, cuya misión es defender la libertad y exterminar a los
espíritus enemigos, la trompeta corta y los címbalos rolmo. Las trompas y
tambores están asociados a ambos grupos por igual.
Generalmente es el director de orquesta el que toca los címbalos, de los cuales
depende, en gran medida, la relación entre las partes ejecutadas por los
diferentes instrumentos. Asimismo, él es quien dirige la ceremonia, el canto y
la recitación del rezo y quien marca el "tempo" de la ejecución.
Mientras más importante es la circunstancia, más lenta es la interpretación
musical. Esta variabilidad puede modificar la parte melódica de los oboes. Por
tal razón, los oboístas deben calcular según el "tempo" indicado sin previo
aviso por el director, en qué nota deben detenerse cuando la ejecución orquestal
toca a su fin, y la duración que debe tener una nota dada para terminar al mismo
tiempo que la orquesta. El resultado es que rara vez son idénticas dos
interpretaciones, y la relación entre rigor y flexibilidad, entre las normas
precisas y la obligación de improvisar constituye una de las características de
la música religiosa tibetana.
En los libros de ciertas órdenes religiosas unos signos especiales indican la
intervención de los instrumentos musicales, pero esos signos pueden cambiar de
un monasterio a otro. En cambio, el oboe, los tambores en forma de clepsidra y
las campanillas no están indicados con signo alguno.
También existe una notación para un tipo particular de música vocal llamado
yang, que figura en los libros de oraciones especiales (yang-ying) y
que a menudo varía de un libro a otro. En ellos se indican más bien la altura
del sonido que las variaciones del volumen, que es de muy débil amplitud, y
algunos detalles de la emisión de la voz. En esas anotaciones se utiliza a veces
tinta negra y roja, esta última reservada a las partes del texto que deben ser
cantadas por el monje solista, que es quien dirige la ceremonia.
En realidad, no habría podido descifrarse la notación musical del budismo
tibetano sin la ayuda de la tradición oral, y aun así quedan por descubrir
muchos aspectos de la práctica musical, ya que la notación solamente sirve como
una ayuda mnemónica y, en menor grado, como auxiliar para el estudio.
El canto yang (que consiste en una línea melódica, perfectamente
ininterrumpida) está determinado por una emisión gutural profunda de la voz, en
la que la interpretación silábica del texto es sumamente lenta. Es este canto el
que, acaso más que el acompañamiento orquestal, produce en el oyente menos
avisado esa impresión singular de entrar en un mundo diferente, más allá de las
apariencias sensibles; y es que el yang, como señala un comentario
tibetano, es un intento de comunicarse con los dioses, y uno no se dirige a la
divinidad de la misma manera que a los seres humanos. Pero en este estilo
singular de canto nada queda abandonado al azar: todo obedece a reglas que
exigen del intérprete una maestría total.
Los cantantes comienzan en la adolescencia a ejercitarse en la emisión gutural y
profunda de la voz. En algunos monasterios, la modificación de la voz humana
llega a extremos que parecen lindar con lo imposible. Se trata tal vez de una
práctica vinculada con la religión tántrica en la cual cuanto más graves son los
sonidos más inmateriales y cercanos al silencio se vuelven. El resultado es
sorprendente: los cantantes, al mismo tiempo que emiten la nota tonal, producen
un sonido armónico, como si la voz se orquestara en sí misma, como si cada
ejecutante fuera un coro. Sin embargo, esta técnica vocal no es exclusiva del
Tíbet; se la encuentra también en Mongolia y en algunas regiones de Siberia.
Este fenómeno musical corresponde a una
concepción estética que no se basa en un conjunto de nociones más o menos
homogéneas, sino que parece surgir de la práctica musical íntimamente
relacionada con la teoría religiosa.
La música de los budistas tibetanos, por lo demás, presta poca atención a la
teoría estética; en cambio, es inseparable de la idea de la buena ejecución que
exige el respeto de las normas establecidas y un sentido musical sobremanera
refinado de los intérpretes, lo cual se manifiesta en la calidad del sonido
vocal o instrumental y en la exactitud de las relaciones entre ambos.
Los monjes consideran que la música es un medio de expresión espiritual y que se
toca exclusivamente para los dioses. El hecho de que los músicos, extremadamente
sensibles a la perfección técnica, tengan conciencia de la función de su arte y
experimenten una satisfacción y un interés profesionales no está en
contradicción con el carácter de la música sino que garantiza la permanencia de
una tradición cuyo origen y naturaleza se consideran esencialmente celestes.